A veces olvido que tengo este espacio para expresar mis artistidades.
Leyendo De Profundis, he tenido sentimientos encontrados. No es la primera vez que paso las páginas de esa edición que compré ya hace unos 4 años, pero sí es la primera que lo hago después de mi experiencia con mi Bosie Douglas personal.
En primera, es una obra patética, en el estricto sentido de la palabra.
Desde el inicio, se establece como tal: nos dicen que son alrededor de 50,000 palabras en las que Oscar nos habla de cómo su idilio con Lord Alfred Douglas fue la ruina de su vida, contándonos, con detalle de fecha, cada episodio en el que los defectos de Bosie se hicieron notar y, haciéndo muestra de una extraordinaria memoria, cada centavo que gastó en los caprichos de su eterno amante.
Una asombrosa empresa, por la que cualquier contemporáneo sería llamado sentimental y mediocre, es esa que Wilde emprendió mientras estaba en la Cárcel de Reading, sin otra cosa que hacer mas que pensar en la falta que le hacía Douglas.
¿Cómo haces de una carta extensísima, llena de reclamos, de culpas, de autocompasión, de martirización, de obsesión, de frustración, de exhibicionismo y de cosas tan personales, una obra maestra de la literatura inglesa? Pues sólo siendo Oscar Wilde, al parecer.
Y es que… por mucho que yo lo amo, no puedo evitar sentir algo retorcerse en mi interior cada vez que, de una manera que me parece hipócrita, desmiente que lo haya hecho todo por su obsesión por Bosie y asegura que lo hizo por la compasión que le tenía.
Patrañas. Sí, Oscar estaba en la cárcel y necesitaba culpar a alguien. Sí, el libro es hermoso, genial, poético, wildeano, noble… Pero cuantas patrañas escribió Wilde para llenar las 200 páginas.
Quizás sólo estoy molesta porque me sentí defraudada porque el Oscar de ese libro no es, con justa causa, el de los cínicos aforismos, sino uno de carne y hueso, que tiene derecho a negar las cosas de su vida que ya no le son tan convenientes. Es un Wilde que ya sintió el peso de todo lo que hizo anteriormente y entiende que reivindicarse no es una opción sino una necesidad. Repito, no se le puede culpar por ello.
Volviendo al terreno personal, hay un párrafo en particular que me hizo pensar en mi relación con mi antes mencionado Bosie personal:
“Siempre había pensado que el someterme a tu voluntad en cosas pequeñas no tenía ninguna importancia yq eu cuando llegara un momento decisivo, podría imponer de nuevo la natural superioridad de mi energía. No fue así. Cuando llegó ese momento, mi energía falló por completo. En la vida, nada es en realidad grande ni pequeño: todo tiene igual valor e iguales proporciones.”
Grande afirmación. Aún así me niego a creerle a Wilde que fue Bosie el que lo persiguió y le hizo la vida imposible, sin que él tuviera más opción que aceptarlo por ser tan noble. Prefiero quedarme con la visión de la carta que le mandó antes de entrar a prisión:
“Mi dulce rosa, mi flor delicada, mi lirio de lirios, es tal vez en prisión donde ponga a prueba el poder del amor. Voy a ver si no puedo hacer las amargas aguas dulces por el amor que te tengo. He tenido momentos en los que pensé que sería más sabio separarnos. ¡Ah! ¡Momentos de debilidad y locura! Ahora veo que hubiera mutilado mi vida, arruinado mi arte, roto los acordes musicales que hacen un alma perfecta. Incluso cubierto con fango, te adoraré, desde el abismo más profundo gritaré por ti. En mi soledad, estarás conmigo. Estoy determinado a no sublevarme y aceptar cada ultraje por medio de la devoción al amor, a dejar mi cuerpo ser deshonrado mientras mi alma pueda siempre mantener tu imagen. Desde tu cabello de seda hasta tus delicados pies, eres la perfección para mí. (…) Lo que la sabiduría es para el filósofo, lo que Dios es para su santo, tú eres para mí. (…) Pero no te entristezcas por ello, más bien se feliz de haber llenado con un amor inmortal el alma de un hombre que ahora llora en el infierno, y aún así lleva el paraíso en su corazón. Te amo, te amo, mi corazón es una rosa a la cual tu amor ha llevado a florecer, mi vida es un desierto abanicado por la deliciosa brisa de tu aliento, y del cual tus ojos son las frescas primaveras; la huella de tus pequeños pies hace valles de sombra para mi, la fragancia de tu cabello es como mirra, y en donde quiera que vas exhalas los perfumes del árbol de cassia. (…) Ámame siempre, ámame siempre. Tú has sido el supremo, el perfecto amor de mi vida; no puede haber otro. (…) Oh, el más dulce de los muchachos, el más amado de los amores, mi alma se adhiere a la tuya, mi vida es tu vida, y en todos los mundos de dolor y placer, tú eres mi ideal de admiración y alegría.”
(¡Cómo me costó leer todos los pasajes en los que Oscar afirma que decidió racionalmente dejar a Bosie un manojo de veces con esta carta, que me sé de memoria, resonando en mis oídos! “¡Ah! ¡Momentos de debilidad y locura!” Porque el Oscar que me cortejó, me enseñó que nunca se paga un precio demasiado alto por ninguna sensación).
Dejando de lado los temas Wildeanos, hay otros amores que me traen vuelta loca: los de Federico García Lorca.
Que fabulosos los versos que le dedicó al “divino” Dalí:
“Pero ante todo canto un común pensamiento
que nos une en las horas oscuras y doradas.
No es el Arte la luz que nos ciega los ojos.
Es primero el amor, la amistad o la esgrima.”
Que enormes los sonetos que escribió gracias a Rodrígez Rapún, piezas maestras de su poesía:
“Esta luz, este fuego que devora.
Este paisaje gris que me rodea.
Este dolor por una sola idea.
Esta angustia de cielo, mundo y hora.”
Herido de amor fue, demasiado. Porque Dalí no quería ser homosexual, a pesar de que se profesaban un amor innegable; porque Aladrén era un mujeriego y sólo lo utilizaba para ganarse fama; porque Rodríguez Rapún lo amaba pero era fácil que se dejara llevar a peder por alguna muchacha.
La historia con Dalí es la de interés general, por lo extraordinario que es para el mundo del arte que dos grandes como ellos pudieran encontrarse en los ojos del otro. Para mí, lo interesante de su relación es que eran personalidades muy diferentes. La sensibilidad de Federico seguramente pudo haber sido vista como sentimentalismo por parte de Dalí, pero al parecer sólo lo fue cuando ya no estuvieron juntos. Sin embargo, Me intriga entender que vió Federico en Dalí, aparte de una cara bonita (que sí la tenía, punto) y algo de talento, que lo llevó a obsesionarse a tal grado con él. Del encanto de Federico hay grandes testimonios, pero aquél de Dalí sigo sin encontrarlo.
Las otras dos son más personales, más biográficas. A Aladrén me lo imagino siempre como una escultura griega que ha tomado vida; vanidoso y caprichoso, por supuesto. Del que tengo la imagen más positiva es de Rodríguez Rapún, que amó tanto a Federico, que se fue a morir a la guerra por él. Probablemente sean los Sonetos, los que me hagan agradecer tanto la existencia de ese hombre que los inspiró. Yo me enamoré de Federico por sus Sonetos del Amor Oscuro, así que se podría decir que también me enamoré de Rodríguez Rapún.
Pero ya es tarde. Me he interrumpido mientras escribía un artículo sobre The Talented Mr. Ripley. No lo terminé, pero al menos le quité un poco de polvo a este blog.