Archive for the 'Psyche' Category

« Previous Entries

Esperando, 2

Gasto mis días envuelta en un sopor contemplativo. 12 horas de sueño, 12 horas de intermitente sosiego pasando sin interés las hojas de algún libro. Mi cuerpo se siente pesado e indiferente ante las maravillas del mundo fuera de la ventana de mi haibtación. Mi mente se adormila con cíclicos recuerdos del pasado. Mis sueños se nublan con fantasías y ‘hubieras’, con escenas ficticias de dolor y regocijo. Tú estás ahí.

La cabeza me da vueltas, el estómago le sigue el ritmo. Y de nuevo me recuesto, cierro los ojos, esperando que los fantasmas se vayan y el dolor se vaya y tú te vayas, porque no me atrevo a pedirte que lo hagas.

Y todo vuelve a la paz, y me siento bien.

Una lucecita centelleante aparece en la oscuridad llama mi atención. Un nuevo mensaje en mi teléfono celular.

“No és él, no es él, no es él (por favor, que sea él, que sea él, que sea él).”

Instante

Me tocas y desaparezco. Es como una visión de una época antigua, siempre espledorosa y magnificada… Respirar es difícil; sabiendo que cada exhalación me alejará unos segundos de ti, debería serlo. Siento lágrimas que no pedí venir a mis ojos y trato de detenerlas. “¡Llorar, justo ahora! No lo puedo permitir…” Miro tus ojos cerrados, tranquilos, sin saber en qué estás pensando, y sonrío con el corazón acelerado. Ni siquiera yo sé lo que estoy pensando o lo que estoy sintiendo. Sólo sé que quiero morir así, con tu mano fuertemente aferrada a la mía y tu respiración profunda haciendo compañía a la canción de amor barata que suena desde el televisor. Quiero preservar este instante por el resto de mi vida y vivir en él; ¡que el tiempo se detenga por favor! En este momento, sólo es el presente: ese mágico y desafiante tiempo en que nada importa más que sentir, ser uno con el mundo; el estado de inconciencia natural…

Y entonces llega el miedo; el nauseabundo, agonizante, paralizante miedo cuando tus largos y delgados dedos sueltan los míos y es obvio que todo va a terminar. Que el tiempo no se ha parado, sin duda. Impotencia. ¿Qué puedo hacer? Nada. Tragarme el dolor, tragarme las palabras hermosas, perfectas y ensayadas que quería decir… No puedo molestarte con mis tonterías infantiles. Tu vida ahora es más importante, más relevante para el mundo que la mía…

Te alejas con pose amable y luego te vas. Quiero salir corriendo y alcanzarte, y besarte, y no soltarte jamás. Pero las piernas me tiemblan; no es adecuado, nunca lo será. Recojo mis cosas y me voy también. El mundo es grande y yo, en este momento soy tan pequeña. La ciudad me aterroriza con sus colores agresivos.

¿Por qué el mundo no terminó ahí mismo, entre la oscuridad y el aroma de tu compañía? ¿Por qué el universo no se apiadó de mí y acabó con mi existencia mientras ésta era gloriosa? Ahora estoy sola, y sé que he caído de nuevo en tu red, que has conseguido lo que querías, como siempre, y te has ido satisfecho; todo con mi explícito conocimiento y consentimiento. Que enferma me siento, que asco me doy… Aún más sabiendo que no me arrepiento, que lo haría mil veces más.

Las palabras de mi psicóloga rondan mi cabeza una y otra vez. “¿Cómo puedes hacerte esto a ti misma?”. No lo sé–.

En cajas o encajas

Ayer fui a la feria con un amigo de la universidad. Decir “fui a la feria” podría incluir diversión, juegos mecánicos, comida chatarra y demás, pero en la realidad, fue algo diferente. Fui a la feria a verla y a mojarme con agua de lluvia mientras platicaba con mi amigo sobre su atracción sexual o no sexual hacia ciertas personas. Y mi amigo me ha inspirado a escribir hoy.

No es la primera vez que me toca escuchar a un hombre que me dice sentirse atraído de modo romántico hacia personas de su mismo sexo, pero que también afirma con sinceridad no sentirse “gay” y rechazar los comportamientos de una “loca”. Dejando de lado la falta de apertura mental que requiere hacer comentarios así, encuentro comprensible su postura.

Más veces he escuchado sobre chicos siendo denominados “homosexuales” por el hecho de ser dulzones, o caminar moviendo las caderas en exceso, que por el hecho de, realmente, estar interesados sexualmente en otros chicos.

Si bien es cierto que es un estereotipo arraigado, también lo es que los seres humanos tenemos capacidades pensantes y podemos discernir entre creaciones culturales y creaciones naturales. Pero lo que normalmente hacemos es mezclar hechos con atribuciones en lo que se denomina “efecto halo”.

El hecho sería que ser mexicana es haber nacido dentro del territorio de los Estados Unidos Mexicanos. El halo sería que, por ende, soy floja, irresponsable, parrandera, me gusta el chile y uso sombrero.

Naturalmente, si al decir que soy mexicana estuviera incluyendo todas esas cualidades, entonces preferiría no decirlo. Lo mismo, me imagino que siente mi amigo. Además, de que, ser etiquetado como algo que no es realmente un factor influyente en tu personalidad, es algo frustrante.

A mí tampoco me gustaría que me pusieran etiqueta de “lesbiana” o “bisexual” porque sería algo que inmediatamente dominaría a otras características mucho más interesantes de mi persona. Por el contrario, me gusta llamarme “romántica” y le tengo cierto cariño a la etiqueta de “nerd” o “inteligente”, porque la considero un halago (realmente me queda mejor la de “geek” o “ñoña”).

Así que, me disgustan las cajas en ocasiones, pero comprendo su utilidad.

Nota: Ah, sí. Mayra Hernández acaba de decepcionarme. Una vez más. Cielos… ¿Qué sería el mundo sin Naoto Kine?

« Previous Entries