Pues sí. El año pasado fue un asco. Con todas las letras, lo fue. No sólo me vi inmiscuida en una relación tormentosa con un hombre cínico y malintencionado. Oh, cielos, ojalá hubiera sido solamente eso.
Pero no. También fue un año asqueroso en todos los aspectos de mi vida. Laboral, vocacional, espiritual, familiar, monetario…
No contenta con haber alienado a todas mis amistades y echado a un lado a mi propia familia para complacer a dicho hombre, también hice algo “muy malo” y arruiné mi larga relación amistosa con la única persona a la que le he hablado con toda sinceridad desde que la conocí.
No realmente, yo no lo arruiné tanto como ella. Más bien, parecía que había sido planeado por los Poderes Supremos, pues apenas dos meses después del rompimiento con “E…” y algo más de un mes después de mi recuperación, ella simplemente dijo que no estaba contenta conmigo justo un par de semanas después de que hubieramos tenido la más absolutamente hermosa y cálida de las conversaciones del mundo. ¿Suena familiar? Tal vez no, porque jamás he expuesto el hecho de que “E…” decidió romper conmigo solamente unas semanas después de que me dijera las palabras más reconfortantes que salieron de su boca durante toda nuestra relación.
Hechos en el cielo, los dos…
Pero bueno, volvamos a ella. Aún me deja perpleja su actitud. Es sorprendente como siempre logra sobrepasarse a sí misma. Su último razonamiento fue que yo no valía la pena como amiga porque la hacia esperar demasiado.
Triste, si ustedes se atreven a creer una cosa así.
¿Quién hizo esperar a quién primero? ¿No fue acaso ella la que no respondió mis mensajes durante meses, en los que le insistía a que diera señales de vida? ¿No repitió ella esta actitud mil veces más durante los 5 años de nuestra amistad? ¿Cómo se atrevía a exigir algo más, cuando la oportunidad se le había dado y ella no la había tomado?
Cosas graciosas pasan en la vida, he de decir.
Este episodio me causa más desconcierto que dolor, lo admito. Pero no deja de ser parte de mí.