Ayer, viernes, último día regular de clases en la preparatoria (aunque seguiré yendo la semana que viene por examenes extra que me gané por ser tan obsesiva con mis calificaciones), tuve una conversación de despedida con Luis en el que solía ser nuestro salón cuando estabamos en prime (y segundo) grado. Me sorprendió un poco su actitud, tal vez porque hacía tiempo que no hablaba con él de forma tan personal, o simplemente porque ha cambiado y yo también. Él parecía esperar que lo pateara y yo esperaba que se pusiera a lloriquear, pero fue más o menos lo contrario. Fue algo muy del tipo “como no te vuelvo a ver, te digo todo lo que nunca te he dicho” de su parte; casi pareció planeado, pero estoy segura que no lo fue. Me expuso, in darse cuenta, una interesantísima metáfora con un paquete de cacahuates japoneses y uno de galletas Príncipe (me pregunto si habrá captado cuando se lo señalé).
Pensando en esa conversación, en mi entrada anterior y en otras cosas que siempre andan en mi mente, concluí que un apecto que sigue latente en mi personalidad es esa obsesión que tengo con no soltar el pasado. Por otra parte, recordé lo fácil (relativamente) que dejé ir los recuerdos de la secundaria, y entró en juego la otra variable. No había pensado mucho en El Sueño desde que decidí que no era importante, pero lo cierto es que “con El Sueño” y “sin El Sueño” las cosas se desarrollan distinto; tal como escribí en una carta que nunca envié, estaba en una parte de mi vida en la que podrían haberme ofrecido una receta para conseguir talento o la formula secreta para la estabilidad mental, y aun asi yo hubiera cerrado los ojos para no distraerme de El Sueño nunca.
El Sueño, en cierto modo, es parte del pasado; lo puedo ver, a veces hasta lo puedo tocar, pero no lo siento.
No he querido forzarme a sentirlo, porque va contra los principios de mi forma de actuar (esos estúpidos principios que me dicen que debo esperar a que alguien me encuentre en lugar de buscarle); sin embargo, había estado pensando mucho en que tal vez debía darle una verdadera oportunidad de acercarse a mí otra vez.
La verdad, fue tonto de mi pensar de ese modo, olvidar que existe el tiempo.
Hora de terminar todo, supongo. De alguna manera, aún hoy sigo viviendo.