Cancún, Quintana Roo a 7 de septiembre de 2009.
Para ti:
El lugar en que tú estás,
no es más que un simple dibujo
de sombras, con tintes rojos,
grabado en papel de sal.
El lugar en que no estás,
es la escalera infinita;
(cielo abierto, pasos largos,
brisa en ciclos que no cesa de gritar).
El lugar en que tú estás, tiene todo breve y suave,
es calma sin saciedad y un augurio de bondad;
el lugar en que no estás, no conoce oscuridad,
me deslumbra su fulgor al despertar.
No podía dormir, me puse a escribir. Me hace sentir fatal escribir, me recuerda todo lo que he dejado de ser.
Este poema lo he estado escribiendo por varios meses (¿tres? ¿cuatro?). Me pregunto si alguna vez lo terminaré. La poesía es absolutamente inútil para el que no la escribe, y no imagino una situación en la que te gustaría leer esto, pero es el precio que tienes que pagar por ser mi… ¿motivo artístico? Que poco ético se escucha ese término.
De tu escuincla demente.
Creo que he crecido un poco, ayer lo noté.
Tenía miedo de caer, de sufrir, de llorar, de sentir otra vez como se me escapaba de las manos y no poder hacer nada.
Pero no pasó. Fue todo, es cierto. Fue el mismo momento de increíble calidez en el que yo amo y lo sé, y siento el sentimiento atravesarme y perseguirme mientras me aferro a sus manos y a sus ojos y el mundo gira y no me importa.
Y la sonrisa sin sentido de encontrarte al ser humano dentro de otra máscara, de volver a algo que extrañabas, que deseabas. Es él y soy yo; y aún así, ya no somos exactamente.
Pero ya no me puede lastimar; ya no más.
Lo amo, pero por fin puedo decirlo en paz. Tal vez fue el fin.
Me tocas y desaparezco. Es como una visión de una época antigua, siempre espledorosa y magnificada… Respirar es difícil; sabiendo que cada exhalación me alejará unos segundos de ti, debería serlo. Siento lágrimas que no pedí venir a mis ojos y trato de detenerlas. “¡Llorar, justo ahora! No lo puedo permitir…” Miro tus ojos cerrados, tranquilos, sin saber en qué estás pensando, y sonrío con el corazón acelerado. Ni siquiera yo sé lo que estoy pensando o lo que estoy sintiendo. Sólo sé que quiero morir así, con tu mano fuertemente aferrada a la mía y tu respiración profunda haciendo compañía a la canción de amor barata que suena desde el televisor. Quiero preservar este instante por el resto de mi vida y vivir en él; ¡que el tiempo se detenga por favor! En este momento, sólo es el presente: ese mágico y desafiante tiempo en que nada importa más que sentir, ser uno con el mundo; el estado de inconciencia natural…
Y entonces llega el miedo; el nauseabundo, agonizante, paralizante miedo cuando tus largos y delgados dedos sueltan los míos y es obvio que todo va a terminar. Que el tiempo no se ha parado, sin duda. Impotencia. ¿Qué puedo hacer? Nada. Tragarme el dolor, tragarme las palabras hermosas, perfectas y ensayadas que quería decir… No puedo molestarte con mis tonterías infantiles. Tu vida ahora es más importante, más relevante para el mundo que la mía…
Te alejas con pose amable y luego te vas. Quiero salir corriendo y alcanzarte, y besarte, y no soltarte jamás. Pero las piernas me tiemblan; no es adecuado, nunca lo será. Recojo mis cosas y me voy también. El mundo es grande y yo, en este momento soy tan pequeña. La ciudad me aterroriza con sus colores agresivos.
¿Por qué el mundo no terminó ahí mismo, entre la oscuridad y el aroma de tu compañía? ¿Por qué el universo no se apiadó de mí y acabó con mi existencia mientras ésta era gloriosa? Ahora estoy sola, y sé que he caído de nuevo en tu red, que has conseguido lo que querías, como siempre, y te has ido satisfecho; todo con mi explícito conocimiento y consentimiento. Que enferma me siento, que asco me doy… Aún más sabiendo que no me arrepiento, que lo haría mil veces más.
Las palabras de mi psicóloga rondan mi cabeza una y otra vez. “¿Cómo puedes hacerte esto a ti misma?”. No lo sé–.